miércoles, 4 de abril de 2012

Hablemos de mi miedo a las alturas

No veas como duele ser un ser anónimo, un hombre de incógnito en esta vida. Pasar sin pena ni gloria cada día, ver como te destruyes e incluso ser consciente de ello... pero da igual, no moriré de viejo, eso lo sé desde hace muchísimo tiempo.
Mis objetivos inmediatos son dormirme, perderme en la inmensidad de la noche que se torna gran amiga, cómplice. Pues en esas horas más bajas es cuando realmente tu mente vuela, sale y siente fuera de sus límite corpóreos.

Pasan los días y decidí cambiar, no preocuparme por los demás en la medida de lo posible aún sabiendo que me es imposible andar sin usar ese cartucho de empatía que tengo guardado en el bolsillo. No sirvió de nada, obviamente todos los sentimientos se entrecruzan y uno no puede simplemente dejar de ser uno mismo. Por suerte para expresar una sensación así hay que sentir amor y respeto por la gente. No puedes admirar una flor sin ser consciente de por qué es bella, y fui consciente demasiadas veces, sin ver la parte marchita.

En la noche más negra vi una luz tenue que acompañaba mi pesada carga, un aura que invadía la tristura convirtiéndola en ánimos, la mejor ayuda que pueda necesitar una persona cuando has caído ladera abajo. Un salvavidas, un pilar... pero hay que aprender a no apoyarse en nada, porque luego se resquebrajan y vuelves a caer.

Y lo más estúpido de uno es que lo veía venir, vi las grietas y ni arreglé la columna ni me alejé. Era todo demasiado fluido como para reparar en cuidados. Te preocupas porque los cimientos estén bien, pero las flores requieren muchos cuidados. Ahora me veo soportando el doble de peso, por no ir con cuidado, porque uno siempre se deja llevar... Por eso callo, río y bebo.

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