Abrió los ojos. El cielo cargaba un color gris oscuro, deprimente, en dónde no se atisbaba a ver un rayo de sol pues la niebla lo cubría todo. Me dolía la cabeza horrores.
Alguien me ayudó a levantarme y me preguntó cómo estaba en una lengua que no reconocí como materna, mas aun así comprendía. No respondí. Mi mente daba vueltas intentando situarse, miré alrededor en busca de algo que pudiese ayudarme a ello.
Me encontraba en lo que parecía ser un puente, bastante largo diría yo, y de corte antiguo. A un lado, una noria color nieve con habitáculos que se asemejaban a las cápsulas propias de los fármacos; a otro, una torre se erguía majestuosa sobre el resto de la ciudad. Sabía la función de ese edificio, era la casita rural del politiqueo, donde decidían unos pocos qué hacer con muchos... pero no me salía el nombre por más que quisiera. Maldita memoria.
Me dirigí al borde del puente y me apoyé en la baranda, buscando reposo... intentando amueblar mi mente mientras la brisa del río agitaba mi pelo ya canoso -tan pronto...-. Lo que se asentaba debajo de mí no era agua, era otra cosa distinta pero no ese líquido transparente que da vida. Parecía más un potaje de berros.
Hurgué en mis bolsillos. Móvil a la izquierda, monedero a la derecha, llave y tarjetero atrás. Todo estaba en orden. Saqué el móvil -apenas tenía un 5% de batería- y vi una alarma nada más encender la pantalla. "Recuérdalo, no lo olvides" rezaba la nota. No sabía qué tenía que recordar, yo y mis manías de hacerme recordatorios abstractos.
Pasé a otra cosa y miré mi documentación. Al verme plasmado en un pedazo de plástico recordé que ni siquiera me acordaba de cómo me llamaba y se me hacía raro ver mi nombre -si es que realmente era ése-. Tenía una dirección, pero algo en mi fuero interno sabía que estaba lejos y que no era realmente el lugar donde residía ahora.
Entre tanta tarjeta encontré una foto. Era una mujer, muy hermosa he de decir. Por mera lógica me sabía poseedor de algún tipo de relación con ella, mas no conseguía saber si era amistosa, un romance o quizás simplemente mi hermana. Tenía el cabello oscuro con reflejos del color de una hoguera cuando se apaga, cuando apenas queda un resquicio de ascuas entre tanta madera quemada. Poseía un porte que intentaba aparentar seriedad mas se notaba su carácter alegre entre tanta expresión dura, pues su blanca tez la delataba. Le dio la vuelta a la foto, por detrás había algo escrito: 14-1. Le recordó enseguida al Sombrerero Loco, a los números que estaban escritos en su gorro, pero no coincidían. No sabía que podían significar esos dígitos, ni la relevancia que podían tener -aunque era de esperar que alguna tuviera-. Pero no me interesaba pensar más, bastante tenía con la jaqueca que aún andaba a sus anchas en mi mollera; así que coloqué la foto en el lugar en el que la encontré.
De repente, un hambre atroz se apoderó de mi estómago, que empezaba a gruñir. La bestia se estaba despertando. Tomé en mano la cartera y a medida que la abría mis ojos se salían de sus cuencas. Doscientas... libras. Eso me daba para algo más que una chocolatina.
Un pensamiento se fue moldeando en mi dolorida cabeza. Libras, una noria enorme, gente de extraña indumentaria caminando por la urbe sin vacilación... Sabía dónde estaba, claro que lo sabía aunque no alcanzara a gesticular su nombre. La edad iba haciendo mella en mi cerebro, no alcanzaba la treintena de edad mas las conexiones que unían ambos hemisferios eran las de un anciano con alzheimer.
Salir, viajar, quería ir a Belfast, y con el dinero que tenía podría hacerlo; seguramente no estaría tan lejos. Era el momento adecuado. Miré un reloj informativo de la calle, de esos omnipresentes que nunca están cuando deben estarlo... pero esta vez no fue así, por suerte. Catorce de Enero, las seis y veintitrés. Si me daba prisa llegaría al aeropuerto y con suerte habría algún vuelo antes de que cerrara con el destino deseado.
Y así fue, me puse manos a la obra sin importarme nada más. Recogí mi boina grisácea a rayas del suelo y empecé a andar, con altas expectativas por ver tierras más verdes. Pero sin saber que la memoria, ese pequeño problema con el que había convivido toda mi vida y de vez en cuando me jugaba malas pasadas, había ido demasiado lejos esta vez... poniendo en peligro todo lo que había conseguido en este tiempo, haciendo que me apartara de todo cuanto amaba y por lo que luchaba.
Mientras cogía el metro dirección Heathrow un recuerdo me rondaba. Me veía a mí en una playa de arena blanca, acompañado de una figura femenina que no tenía rostro. Deseaba verla, pero se desdibujaba en mi mente. Sólo alcanzaba a distinguir un vestido blanco y unos cabellos oscuros mientras se alejaba de mí.
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