viernes, 11 de abril de 2014

Blink and you'll miss a revolution.

En altas horas de la noche, junto al ventanal de su habitación, el caballero desenvaina su espada con lentitud. No lleva su pesada armadura antaño tan usada que se tornaba una capa más de piel, tampoco su feroz yelmo de reducida visión. No nos hallábamos en mitad de una guerra ni en aras de ser presentado en un duelo. Los días de gloria parecían haber acabado.

Se preguntaba qué pasaría si se viese obligado a usarla de nuevo. ¿Sería merecedor de portarla después de semejante abandono? ¿Se acordaría de él, de cómo eran uno?

El escritor y su espada son un sólo ser. Es habitual ver como todos los escritores tienen una espada favorita, le dan nombre y si caen en el éxito guardan en secreto su ritual de alcohol, historias y vivencias ya sean propias o ajenas, un poco de ambiente con luz tenue y música al gusto del propio sujeto, sus posibles situaciones emocionales, y cómo no, su espada.

Mas existen otros. No hablo de los avances tecnológicos habituales. Son diferentes versiones: la pluma, el bolígrafo, el portátil. Son todas espadas. Hablo de que existen Don Juanes de la palabra. Hablo de aquellos bastardos de la escritura, los que les da lo mismo usar la pluma más cara al bolígrafo BIC más común y por todos usados. Su propio portátil o un cyber-café en mitad de la ciudad. En mitad del campo o una cafetería, en el metro y en el avión; en el sillón, en los descansos del trabajo, mientras desayuna, va al baño o está a punto de dormirse.

Esos seres endiablados son los que a mi modo de ver, extrapolan su afición a todos los aspectos de su vida. A aquellos que llevan la esencia de una vida soñadora pegada a la espalda de su abrigo mientras va por la calle. Crean una historia de todo lo que ven. Escuchan su entorno y crean su mundo paralelo en su mente. Porque, señores, no se inventa algo de la nada: En mi opinión nos basamos en toda la información de diversos tipos que hemos recogido durante toda nuestra vida para cada día tener material para escribir.

Por ello, el buen escritor debe saber expresarse, sí, pero debe ser mejor observador aún. Un explorador de momentos en la vida.



He de reconocer que estoy extremadamente oxidado en lo que a plasmar mis pensamientos se refiere, pero espero no haberlo olvidado del todo.

Han sucedido demasiadas cosas desde la última vez que me pasaba por aquí con asiduidad para vomitar todo lo que pensaba y opinaba del mundo y muchas veces de mi entorno cercano.
Es hora de retomar estos vicios tan sanos para uno mismo y que quizá hagan disfrutar a aquel que lo lea. Un saludo.

jueves, 30 de enero de 2014

Wherever the River Goes

"Son las 5.51 am. Es la primera vez que lo hago. Hace menos de una hora me he dañado físicamente a mi mismo de forma intencionada. Iba en contra de mis creencias, de mis valores… pero aún así, lo hice. Y curiosamente tras eso, me preguntaron por el tema.
Me hallé inconsciente en el suelo de mi propia casa. A sólo unos metros de dónde lo había hecho. El móvil en el suelo, alcohol en mi cuerpo y un sólo pensamiento en mi mente mientras trataba de incorporarme para alcanzar mi lecho.
Hacía rato que se había llevado a cabo la acción. No hubo dolor. Cortes limpios e inocentes del asesino primerizo que con lágrimas degolla su primera víctima. La mía había sido la cruda realidad, la había matado sin pudor alguno… Me encontraba sólo en este vasto mundo.
Cuando ves que todo se derrumba a tu alrededor, cuando las paredes se tornan oscuras y no vislumbras el fin del túnel buscas desesperadamente una salida… Y yo me equivoqué de desvío en la autopista.
He cometido incontables errores en el pasado. Del último no hace ni veinticuatro horas. Mas no es justificación para aquello que he realizado sin consciencia alguna. Fue un pensamiento fugaz, inesperado; me pasó por la mente y sin más me dirigí a la cocina a tientas por la borrachera que llevaba. Cogí lo primero que vi a mano y me encerré en el servicio a sabiendas de que saldría de allí con mi integridad física más deteriorada de cómo había entrado. Fue un sentimiento extraño e intrépido. El primer golpe fue con gran fuerza y furia, carente de miedo y de sufrimiento. El segundo le siguió enseguida de forma paralela y aproximándose al núcleo de la muñeca… inmediatamente le sucedió un  tercero al ver que el anterior no aportaba sensaciones innovadoras. Tras esto empezó a fluir la vida en mi piel: primero gotas temerosas para luego dar paso a un hilorojo cuya mera imagen recorriéndome el brazo me dio gran satisfacción. Lo había conseguido, mas no acababa aquí la imprudencia. Sólo el primer tajo había sido prometedor por lo que busqué dos incisiones más tangentes a las anteriores… Ninguna resultaron de mi agrado. Cada herida en mi piel había disipado el dolor que sentía adentro, así como la ira contenida; y eran menos incipientes. Las primeras vomitaban sangre sin ruborizarse mientras que las últimas apenas soltaban esputos, no creyéndose merecedoras de honor alguno en aquella sucia tarea que me atreví a llevar a cabo.
En conclusión, mis cinco marcas dieron sus frutos. Paliaron un dolor que hacía mucho tiempo había perdido el rumbo y no sabía cómo salir de mi ser. A cada movimiento había liberado toda esa frustración que sentía para con mi existencia en este vasto mundo.
Me incorporé de la taza del váter y abrí la puerta del aseo. Un recuerdo amargo me vino a la memoria: odiaba la sangre, me causaba náuseas. Apenas donaba… no por carencia de caridad hacia el prójimo sino por los malos ratos que pasaba. Di un paso firme en dirección a mi lecho, dónde tumbarme y despreocuparme de mi latente sensibilidad por las ciencias humanas y el odio profesado a las películas catalogadas de “gore”. Mas sólo quedó en una mera intención, pues todo se oscureció de forma repentina.
Desperté en el suelo del pasillo. A sólo unos escasos metros del baño dónde había cometido el crimen. Mi primera reacción fue mirar el móvil, puesto que la última vez que sufrí un desmayo pasaron 20 minutos antes de volver en mí… Sólo seis insignificantes minutos, en contra de lo esperado… Me incorporé. Vi el cuchillo pincelado de rojo a mi lado e instintivamente lo recogí. Entre el alcohol que en mi cuerpo se hallaba y lo sucedido, no podía haber sido digno del andar de un pase de modelos de ropa; pero, de a poco, logré llegar a mi habitación.
Allí se encontraba, durmiendo plácidamente mi niña. Esa minúscula mata de pelo negro que no llegaba al año de edad y que con una mirada que mezclaba alegría y desconfianza, movía su cola. ¿Qué había hecho? Sabía que el acto en si apenas entrañaba peligro mas era su significado lo que me preocupaba. Teniendo una vida ajena a mi cargo había jugado con la mía de forma inconsciente; actuando de una forma temeraria por no saber cómo contener mi incipiente tendencia a la depresión.
Me asqueaba mi propia existencia. Un ser que sólo demuestra cariño y felicidad al verte por muchos errores que hayas cometido… Que no le importa si eres una persona de provecho o el mayor pedazo de carne andante, te quiere y ya está… Sin preguntas ni explicaciones. Y yo había dejado de pensar en su bienestar en aras de aliviar un dolor que de haber tenido la suficiente fortaleza, jamás hubiese sucedido…
La acaricié y la tapé con su apreciada manta antes de tumbarme en la cama. Tras esto me tumbé en la cama y me acomodé pensando en aquellos seres a los que tomaba en aprecio, no sólo los que esa noche dormían a mi lado. Había pecado de necio al pasar por alto mi alrededor. Es demasiado fácil huir de los problemas, lo difícil es afrontarlos con honor… y yo no lo había hecho.
Me temblaba todo el cuerpo del resquemor de ver sangre brotando de mi mismo. Sabía que no existía peligro alguno mas me oprimía mi sensibilidad respecto hacia esas cosas el pensar en lo sucedido.
Me encendí a duras penas un cigarro, siendo consciente de una verdad inaudita. Mi presencia por estos lares no habría de darse por terminada hasta que suceda lo propio con aquellos a los que tengo en guarda… y todavía queda tiempo hasta que eso suceda.
La duda antes acaecida no volvería a suceder, no en esta vida. No mientras tenga alguien a quien cuidar. Mi destino, si es que algo parecido existe, es proteger a aquellos que me rodean… y no pereceré sin haber llevado a cabo mi cometido. No importa lo mísero que se presente el futuro, viviré rápido y moriré pronto; pero no sin haber dado todo mi ser por aquellos que me importan."

Cascadas Malditas

Existe una ancestral magia negra detrás de esos entes de pelo oscuro, de galaxias cocidas con hilo azabache, del limbo infinito, del incesante humo que cubre todo lo que el fuego devora en sus visitas a los bosques mas rezumantes de vida; ya sea largo reposándose en sus provocantes y eróticas figuras, como recortados y limpiando los lunares de esas clavículas marcadas. Esos cabellos denotan una fortaleza inigualable, una seguridad y determinación que te hacen desear tener una de esas criaturas a tu lado. La belleza de esas lianas recogidas en un moño o en una coleta no hacen sino que marcar más aún si cabe esa característica. Te la puedes encontrar en mitad de la París más cosmopolita, recorriendo sus calles escrutando que vestido será el próximo en tener la suerte de recubrir ese cuerpo de abeja; o en el campo más silvestre, paseando por la orilla de ese lago azul canadiense calzando esas Martens autoritarias que, llenas de barro, recoge sus flores favoritas mientras escucha el más melancólico “Flume” de Justin Vernon.
El despertar de esas hebras de ónix a tu lado, desenmarañado, aleonado y salvaje, para comprobar que esa fiereza desaparece al entornar esos ojos que te habrán mirado de forma complaciente, placentera o simplemente traviesa mientras conectaba contigo; dándote los mejores buenos días que nuestra débil naturaleza nos pueda otorgar: una caricia, una mirada… un beso.

La pelea del hombre solitario pasa por buscar que esos momentos se repitan todos los días, allá donde sus propios pies le lleven, allá donde resida. Porque llegara el día en que decida sentar la cabeza, de una forma más convencional o menos; pero la buena compañía será un enorme aliciente a la consecución de esas felicidad. Una felicidad compartida. No importará su nombre, su edad y mucho menos sus defectos; pues le agradará su sola presencia. Ambos serán afortunados de tenerse el uno al otro, aunque sea un minuto más, aunque las cenizas que soplan en los vientos del futuro quieran desvanecerse junto al cariño demostrado la noche anterior. Estarán agradecidos de la experiencia vivida, del amor entregado, del camino trazado, del valor vital aprendido. Y eso es lo que importará, sólo eso, para sentir que “se vive plenamente mientras se esté vivo”.