El juego ha sido divertido. Hemos perfeccionado hasta límites insospechados la resistencia y perseverancia gracias a lo vivido, y siempre disfrutando del momento... con la única meta de ganar o simplemente pasárnoslo bien.
Todo tiene un límite. Toda situación tiene su momento y el de éste, ya ha pasado. Tengo las manos callosas de aferrarme a la cuerda, los cortes y quemaduras se quedarán en la piel por años; porque hemos aprendido mucho, sí, pero ha tenido un precio... y nunca he estado tan orgulloso de haberlo pagado.
Me miro en el espejo y me noto más viejo, más curtido... e incluso, más crudo. Las ojeras dejan ver unos ojos antaño vivos que ahora parpadean cual flexo en sus últimos días. La sonrisa, antes desmesurada, ahora está comedida por todos esos instantes que te roban la alegría para elevarla a su máximo exponente y al día siguiente arrancártela de cuajo.
Es sencillo, "vive hoy y muere mañana"... sin importar las secuelas, las caídas, los golpes, los fracasos, las desilusiones. Realmente creo que lo hago, mas los juegos de patio se tornan aburridos si los demás no quieren jugar, o si juegas en exceso. A mi ya no me apetece jugar; me gratifica haber tenido más fuerza y que el equipo contrario llegara a la línea divisoria, pero también me salpicó el barro mientras disfrutábamos.
Ahora que nos hacemos grandes los juegos se tornan unipersonales. Juegas tú y tu imaginación, tu deseo, tu ilusión. Cada uno tiene una idea en la cabeza que buscará cumplir... y ya es hora de que desempolve la mía, por enésima vez, para no variar. Porque las relaciones humanas se tornan un juego de pura psicología inversa, y habiendo visto lo predecible del mundo que te rodea, uno se da cuenta de que me vuelco demasiado en todo y así no hay quien se centre. Centrémonos.
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