En altas horas de la noche, junto al ventanal de su habitación, el caballero desenvaina su espada con lentitud. No lleva su pesada armadura antaño tan usada que se tornaba una capa más de piel, tampoco su feroz yelmo de reducida visión. No nos hallábamos en mitad de una guerra ni en aras de ser presentado en un duelo. Los días de gloria parecían haber acabado.
Se preguntaba qué pasaría si se viese obligado a usarla de nuevo. ¿Sería merecedor de portarla después de semejante abandono? ¿Se acordaría de él, de cómo eran uno?
El escritor y su espada son un sólo ser. Es habitual ver como todos los escritores tienen una espada favorita, le dan nombre y si caen en el éxito guardan en secreto su ritual de alcohol, historias y vivencias ya sean propias o ajenas, un poco de ambiente con luz tenue y música al gusto del propio sujeto, sus posibles situaciones emocionales, y cómo no, su espada.
Mas existen otros. No hablo de los avances tecnológicos habituales. Son diferentes versiones: la pluma, el bolígrafo, el portátil. Son todas espadas. Hablo de que existen Don Juanes de la palabra. Hablo de aquellos bastardos de la escritura, los que les da lo mismo usar la pluma más cara al bolígrafo BIC más común y por todos usados. Su propio portátil o un cyber-café en mitad de la ciudad. En mitad del campo o una cafetería, en el metro y en el avión; en el sillón, en los descansos del trabajo, mientras desayuna, va al baño o está a punto de dormirse.
Esos seres endiablados son los que a mi modo de ver, extrapolan su afición a todos los aspectos de su vida. A aquellos que llevan la esencia de una vida soñadora pegada a la espalda de su abrigo mientras va por la calle. Crean una historia de todo lo que ven. Escuchan su entorno y crean su mundo paralelo en su mente. Porque, señores, no se inventa algo de la nada: En mi opinión nos basamos en toda la información de diversos tipos que hemos recogido durante toda nuestra vida para cada día tener material para escribir.
Por ello, el buen escritor debe saber expresarse, sí, pero debe ser mejor observador aún. Un explorador de momentos en la vida.
He de reconocer que estoy extremadamente oxidado en lo que a plasmar mis pensamientos se refiere, pero espero no haberlo olvidado del todo.
Han sucedido demasiadas cosas desde la última vez que me pasaba por aquí con asiduidad para vomitar todo lo que pensaba y opinaba del mundo y muchas veces de mi entorno cercano.
Es hora de retomar estos vicios tan sanos para uno mismo y que quizá hagan disfrutar a aquel que lo lea. Un saludo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario