Existe una ancestral magia negra detrás de esos entes de pelo oscuro, de galaxias cocidas con hilo azabache, del limbo infinito, del incesante humo que cubre todo lo que el fuego devora en sus visitas a los bosques mas rezumantes de vida; ya sea largo reposándose en sus provocantes y eróticas figuras, como recortados y limpiando los lunares de esas clavículas marcadas. Esos cabellos denotan una fortaleza inigualable, una seguridad y determinación que te hacen desear tener una de esas criaturas a tu lado. La belleza de esas lianas recogidas en un moño o en una coleta no hacen sino que marcar más aún si cabe esa característica. Te la puedes encontrar en mitad de la París más cosmopolita, recorriendo sus calles escrutando que vestido será el próximo en tener la suerte de recubrir ese cuerpo de abeja; o en el campo más silvestre, paseando por la orilla de ese lago azul canadiense calzando esas Martens autoritarias que, llenas de barro, recoge sus flores favoritas mientras escucha el más melancólico “Flume” de Justin Vernon.
El despertar de esas hebras de ónix a tu lado, desenmarañado, aleonado y salvaje, para comprobar que esa fiereza desaparece al entornar esos ojos que te habrán mirado de forma complaciente, placentera o simplemente traviesa mientras conectaba contigo; dándote los mejores buenos días que nuestra débil naturaleza nos pueda otorgar: una caricia, una mirada… un beso.
La pelea del hombre solitario pasa por buscar que esos momentos se repitan todos los días, allá donde sus propios pies le lleven, allá donde resida. Porque llegara el día en que decida sentar la cabeza, de una forma más convencional o menos; pero la buena compañía será un enorme aliciente a la consecución de esas felicidad. Una felicidad compartida. No importará su nombre, su edad y mucho menos sus defectos; pues le agradará su sola presencia. Ambos serán afortunados de tenerse el uno al otro, aunque sea un minuto más, aunque las cenizas que soplan en los vientos del futuro quieran desvanecerse junto al cariño demostrado la noche anterior. Estarán agradecidos de la experiencia vivida, del amor entregado, del camino trazado, del valor vital aprendido. Y eso es lo que importará, sólo eso, para sentir que “se vive plenamente mientras se esté vivo”.
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