miércoles, 29 de febrero de 2012

Puerta 14

"Si te aman sin medida, en contra de tu voluntad, en contra de todo... al final te acaban aletargando".
- El Ebanista




Los aeropuertos son un nido de problemas. La gente busca marcharse de sí misma, dejando a un lado, en el control de seguridad, todos sus problemas... argumentando casi con total certeza exceso de equipaje. 
Esa mañana se levantó con esa sensación, con la expectación de escapar de esos obstáculos que tornaban su vida tan oscura y áspera esas semanas.
Miraba atrás, recordaba lo feliz que había sido... lo tenía todo, el pack completo -como quien dice-. Y, de la noche a la mañana, había decidido que eso no estaba hecho para él; que se había habituado a un desarrollo de situaciones en su vida cotidiana que si bien le otorgaban el júbilo de una vida plena, a él realmente no le llenaba... o quizás le completaba demasiado.
Necesitaba espacio para cultivar su libertad, su independencia, su libre albedrío... Como si hubiere que reservar el ventrículo derecho de su corazón, dando lo demás a sus seres queridos; buscando ser feliz en la medida justa para hacer felices a otros.

Por eso, esos días no son lo que se hubiesen denominado más deseables. Se encontraba a cientos (incluso miles) de kilómetros de su hogar, buscó desconectar y se excedió en su intento. Los problemas, cuando los vas guardando en un cajón al final acaban saliendo -incluso explotando- por falta de capacidad... Y así fue.
Se dio de bruces con la realidad, se dio cuenta de que no importa a donde huyas, tus fantasmas te seguirán; y para buscar su destino, para recuperar la alegría de vivir, hay que estar en paz con uno mismo y con los demás; no importa el modo de conseguirlo.
Durante tres semanas ha hecho cosas bien y cosas mal. Se ha esforzado por aguantar la presión, por solucionarlo todo, y a veces ha mandado todo a la mierda por estar al borde de la locura... Pero al final uno siempre encuentra su camino, aunque haya tenido que irse a tierras donde el fruto con el color más bonito del mundo sea una constante.

Hoy cogió el avión de vuelta. Miraba el horizonte y sólo veía tierra. No lograba averiguar cómo podía haber estado tanto tiempo sin ver el mar. Cinco días eran una eternidad. Y pensar que había estado medio año sin sentir el agua bajo sus pies le hacía sentir más miserable aún... o mejor dicho, más estúpido por no apreciar lo que le rodeaba en su justa medida.
De vuelta a casa apreciaba la infinidad del océano, esa falsa apariencia de tranquilidad con una superficie engañosamente plana cuando realmente es una aleatoriedad constante, un vaivén de mareas... una montaña rusa de agua.
Pensó en que él mismo era igual. Aunque desde fuera todo estuviera bien, nada estaba en su cauce; había que coger las riendas del caballo y dirigir su vida, paso a paso... notando (como siempre) su calzado en el barro haciendo huella.

Cada persona tiene su umbral de moralidad, su concepción del amor y su particular modo de ver las cosas.
Al volver, su único pensamiento era verla. No alcanzaba a entender por qué en tan poco tiempo le había cogido tanto cariño. Sentía que merecía la pena todo, que daba igual el futuro. Se lamentaba de que hubiere llegado todo en un momento tan difícil, pero quería continuar... arriesgarse.
No hacía ni un mes que había roto una relación de casi dos años. Todavía albergaba amor por esa persona, pero las cosas habían estallado y la compatibilidad antes presente se había quitado la máscara.
Buscaba una explicación en su mente, ¿cómo podía gustarle otra persona tan pronto? No tenía respeto por nada, o eso le dijo su ex... El no lo veía así.
Veía la falta de coherencia en todo, en lo extraño de la situación... pero a pesar de ello, no creía en su mal actuar. Si su cabeza lo veía así, si su corazón lo sentía así... no podía estar tan mal.
Sus palabras habían hecho mella en él... como siempre. Lo controló todo y no atendía a razones... cosa por otra parte comprensible -pensó él-, pero que no le daban derecho a dañarle, a ejecutar su falta de maldad de esa maldita forma.

El monstruo de la noche anterior había vuelto. Lo trajo en el bolsillo y viajaba con él en el avión... y todavía quedaban dos horas de vuelo.
La costa africana es preciosa, pensó. No quería seguir reflexionando sobre ello, pero el monstruo no paraba de arañarle el alma y sabía que no pararía hasta haberlo vomitado todo. Era una batalla que había que librar ahora, África no se movería de ahí.
Se sentía mal, el pecho le oprimía. Demasiados sentimientos encontrados para un corazón tan pequeño; le presionaba la caja torácica como queriendo escapar. Quería llegar a su hogar, ver a su hermano, abrazar a sus padres... ser otra vez un niño. El amor y sus vertientes no estaban hechos para él.

Se quitó la camisa. El sol le daba en la cara mientras escribía, y sentía muchísimo calor... Calor por primera vez en días...
Sin darse cuenta, miró a la chica que se encontraba delante suya. También escribía. Pensó en que quizás, al igual que él, sacaba sus problemas al papel. Si hubiera tenido esa certeza se hubiera sentido más humano, y no como un bicho raro que pensaba en una chica que había conocido desde hace tres semanas en lugar de en su anterior pareja. No se arrepentía de ello, pero las palabras que le habían escupido por teléfono le daban punzadas en su cabeza: "Si la gente viera lo que has hecho, no se lo creerían...". ¡Al carajo! No tenía la culpa de intentar rehacer su vida, de que le llamara la atención una persona de esa forma... Y se reiteraba en su cabeza que no había actuado mal.

Había sido una relación absorbente. No quería saber nada de esas cosas, pero no podía evitar encausar su destino.
Se lo había dicho a su ex, lo que sucedía... porque se suponía su confidente; y le juzgó por ello, inevitablemente... Siempre lo estropeaba todo, eso le decía a la mínima. No le importaba la gente, pues creía en sí mismo. No le importaba lo inverosímil de la situación, lo mal que quedaba visto desde fuera; porque su ruptura y esta nueva historia eran mundos separados. No tenían relación una cosa con la otra.

Le importaba todavía, era inevitable. Había sido su amor, su amiga, su confidente, su futuro en pretérito perfecto simple... Y no quería perder a una de las personas más importantes que había pasado por delante suya. Era egoísta decirlo, pero así era. "Ni contigo, ni sin ti", rezaba la canción de la Fuga, pero lo mío no era tan capricho como pudiese aparentar... era preocupación por alguien a quien le tienes cariño y estimas. Y aunque tuviésemos puntos de vista diferentes, aunque desaprobara mi comportamiento; la aprecio como lo que fue, aunque tuviese que mirar también un poco por mí... aunque quizás lo hiciera demasiado por mí.

No quiero dejar de vivir mi vida por una reminiscencia, no quiero dejar de lado oportunidades que veo como únicas e irrepetibles. Quiero mirar al sol y sonreír, levantarme por la mañana con la fuerza para enfrentarme a los problemas del día a día... Mirarme las manos y saber que está en mi poder el continuar hacia delante con lo que llamamos vida.
Porque sino, dormiré. Cual zorro japonés que se lanza al mar, entregando su alma a la inmensidad del océano; pues es consciente de que volverá, y lo hará sin la retina de sus ojos quemada por el sol. Podrá ser libre sin estar cegado por la inmensidad y complejidad de este mundo.

Dicen que los escritores, cuanto más bajo han caído, mejores son; que en las horas más bajas es cuando uno mejor se expresa... Son como Alex Ubago, el día que se eche novia, se le acaba el chollo al hombre.

.. Yo creo que lo que sucede es que los sentimientos negativos son más fáciles de plasmar sobre el papel.

PD: Para los curiosos poco versos en La Fuga...

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