Ya sea por el ordenador, por el móvil, o por datáfono. La cuestión es esa, ¿verdad? Estamos localizados permanentemente... y si no lo estamos, hay que preocuparse. El afán de organización y clasificación de la sociedad nos ha penalizado como individuos. Ya no somos personas, somos entes colectivos. Hombres singulares dentro de una comunidad sin la cual no somos nadie, pero la misma sin nosotros sí.
Meras máquinas; de trabajo, de estudio, o incluso de ocio. La cuestión es deambular por la urbe, haciendo algo que consideramos útil, conviviendo con esas personas pero sin conocerlas. Estoy seguro de que es equiparable la cantidad de palabras escritas o informatizadas que intercambias con tus conocidos que las que expresas en persona... o incluso más. Sabéis la vida al dedillo de cada persona que os rodea, y ya no de vuestros amigos más cercanos, sino de conocidos con los que puede que no intercambies una palabra en la calle... pero eso sí, es amigo tuyo en cualquier red social de turno.
A mi juicio, es admirable el querer el contacto con tus semejantes, el ser humano es un ser social... pero también es lamentable. ¿Dónde ha quedado ese recoveco que guardamos para uno mismo, para la meditación y el simple placer de andar solo? La soledad, esa gran dama temible, también necesita su dosis de cariño y compañía. Ese afán de controlarlo todo es banal y carece de todo sentido cuando mires la vista atrás el día de mañana. No te será de utilidad saber con quién estuvo quién, qué hizo, o por dónde anduvo.
Importas tú y los tuyos. Esos por los que de verdad darías la vida, de los que cualquier hecho perjudicial o simplemente digno de mofa sería motivo para armar una guerra. Ellos serán los que valgan la pena, su seguridad y bienestar. Su amistad... y en verdad creo que una amistad no se cuida por la red o por un mensaje de texto. Que no es menester jurunguear en los asuntos de los demás si uno no quiere que hagan lo propio con lo suyos.
Y yo, mientras, me alejo de todo.
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