jueves, 10 de mayo de 2012

Sobre sentidos no hay nada escrito

La visión quizás sea el que muchos consideren más importante -honestamente, para mí no-. La capacidad de absorber por nuestra órbitas todo lo que nos acontece es primordial para que nos desenvolvamos correctamente en nuestro día a día. ¿Pero, qué recibimos de otros, de nuestros semejantes? Cada persona aporta algo; y a mí, ella, me aporta belleza en el sentido más puro de la palabra, guarda un encanto en sí misma que se torna un imposible averiguar de buenas a primeras. El contacto de su mirada con la mía me paraliza, me absorben sus luceros oscuros... Pero como ya he dicho, no es el sentido más relevante, sino la  pieza que provoca que encajen y se complementen todos los demás.

El problema del olor de una persona hoy en día es que se ve anulado por el tabaco y la basura que conlleva, mas no sucede esto en este caso. Se distinguen perfectamente las diversas fragancias que pueden derivar de su olor. Los perfumes agradarán más o menos y podrás variarlo, pero al olor de una persona está ahí y no tiene porqué ser algo sucio ni mucho menos, y aunque en determinados sujetos obviamente cuanto más lejos mejor, esta problemática no se da en lo que nos acontece. Desprende un olor dulce pero abrupto. Te hechiza y devuelve a la realidad en milésimas de segundos. Te adormece en su aroma, a la par que provoca que la sangre fluya por tus venas; fruto de sus hormonas y su costumbre de jugar con mis instintos básicos... y es que nunca había tenido la necesidad de esnifar tanto a alguien.

Parémonos ahora en la melodía, y en como la percibimos. En como ese timbre puede alcanzar distintas frecuencias según el momento. Desglosa esa voz que cuando se torna seria, transmite la porte y elegancia adecuada para expresar con palabras medidas lo que desea; mas cuando se vuelve lúdica te evoca a la niña que aún por dentro guarda y que es capaz de romperte los tímpanos con su agudeza o sacarte una sonrisa con un mero comentario, haciendo música con cada palabra.

El gusto y el tacto vienen de la mano en lo que a mi respecta. ¿A qué sabe una persona? Es difícil de explicar. A nubes, diría yo, azucarada y etérea. Su piel se asemeja a esas mantas finas de algodón que todo el mundo guarda en el armario que a pesar de su ligereza, abrigan casi tanto como un nórdico. El roce de mis dedos con su dermis sólo es equiparable a la perfección y unidad de la sinapsis eléctrica, es realmente el contacto de mis manos con su figura lo que dispara todas las alarmas y me transforma en un caballo desbocado que se muere de ganas de salir de la cuadra en la que se encuentra encerrado. Se convierte en una necesidad el tocarla, el aire que respiramos o el agua que absorbe una planta se convierten en necesidades prescindibles y secundarias al lado de esa adicción a la que me veo sometido sin apenas buscarlo, pues me comporta la misma sensación que cuando coges sol el primer día de verano: tranquilidad y júbilo en su forma más pura.

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